Mujer, si alguien leyera tu historia con ojos humanos, tal vez vería tropiezos, pausas, lágrimas y silencios. Pero el cielo la lee distinto. El cielo no ve debilidad; ve una fe que fue golpeada, sacudida, probada… y aun así se negó a morir.
Tu fe no fue perfecta, fue perseverante. Hubo días en que oraste sin fuerzas, en que dudaste, en que seguiste caminando solo porque no sabías cómo rendirte. Y aun así seguiste. Eso no es fragilidad, eso es valentía. Porque creer cuando todo va bien es sencillo, pero creer cuando el corazón está cansado es una forma de coraje que solo Dios reconoce.
Tal vez te juzgaron por tus lágrimas, por tus pausas, por no “avanzar” al ritmo de otros. Pero nadie vio las batallas que libraste en silencio, las noches donde hablaste con Dios sin palabras, las veces que pensaste soltarlo todo y aun así elegiste confiar un día más. Esa decisión diaria fue fe viva, aunque temblara.
Dios no se avergüenza de tu proceso. Él se glorifica en él. Porque una fe que se niega a morir no nace de la comodidad, nace de la relación. Nace de saber que aunque no entiendas, aunque no veas, Dios sigue siendo Dios. Y esa certeza, aunque pequeña, fue suficiente para mantenerte de pie.
Hoy Dios te recuerda algo, mujer: no necesitas esconder tu historia para ser usada por Él. Tu historia es la prueba de que la fe no siempre grita, a veces solo resiste. Y esa fe que resistió es la misma que ahora te sostiene y te impulsa hacia lo que viene.
Levanta la mirada. No eres débil. Eres una mujer cuya fe pasó por el fuego y decidió quedarse. Y una fe así, mujer… jamás pasa desapercibida en el cielo.
Fuente: Evangelista Yiye Avila

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